Hace años que evitaba que me vieran los pies. Lo compré sin fe. En la primera pasada ya no lo podía creer.
Probé de todo. Las cremas, la piedra, la pedicura. Nada duraba. Con el cabezal negro de Sevra en la segunda sesión ya era otra cosa.
Tiene los talones muy quebrados desde hace años. Se lo regalé sin muchas esperanzas y me llamó a los tres días para agradecerme.
Lo usé, pasé la mano y no lo podía creer. Esa suavidad que tenía antes y que se me había olvidado cómo era. Desde la primera vez.
No es que no me guste ir, es que para qué voy a ir si en 5 minutos en casa me queda igual o mejor. Ya no tiene sentido.
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